Turismo Aventura - Mountain Bike
Textos: Andrés Pérez Moreno.
Fotos: A. Pérez Moreno y J.C. Rabaglia.
  Rodando la Estepa
  Estepa Patagónica - Bariloche

Al descubrir el paisaje menos conocido de Bariloche aparecen cuevas, cañadones profundos, pueblos casi fantasmas. Y las huellas de culturas aborígenes milenarias. No es todo: la vista de los andes a la distancia es única. Villa Llanquín -donde se atraviesa el Río Limay en balsa- es el punto de partida 0 de llegada de esta novedosa propuesta en Mountain Blke. ¿lo mejor? Las jornadas soleadas son una fija...

“A donde vamos a ir no lo conocen ni los propios barilochenses.” La sentencia de Marcelo Croce, guía de mountain bike y ex triatleta, no dejan margen de duda: el 99% de las excursiones que se ofrecen en Bariloche buscan el verde del bosque y la geografía de los Andes. “Esto es otra historia, vos hacés 10 kilómetros para el Este y cambió todo, vas a ver.”

En el momento de partir, la ciudad tiene un clima húmedo y frío; llueve intermitentemente. "Muy nuboso", expresa el pronóstico en internet. Pero en el momento de comenzar a pedalear, en el desvío de ripio que conduce al poblado de Ñirihuau, se impone un sol radiante, muy cotizado en pleno invierno aunque el ambiente permanezca fresco. Al mirar atrás, se advierte el anfiteatro de cerros nevados que enmarcan el lago Nahuel Huapi. El Catedral, el López, entre nubes el Tronador, el Capilla y varias montañas de la margen nordeste del lago, del brazo Huemul hacia allá. También, el cordón del Ñirihuau, que ciega de blancura. Atendiendo otra vez el camino, aparece la gran bajada hasta el puente del ferrocarril junto al pueblito Ñirihuau. “Moderen la velocidad porque están todavía fríos”, sugirió Marcelo. El recorrido abarcará el poblado de Ñirihuau, el caserío de Perito Moreno -con una bella laguna aledaña visitada por aves migratorias-, casi todos cerca de la Ruta Nacional 23, que comunica el lago Nahuel Huapi con el océano Atlántico. Luego, giraremos para el Noroeste, pasando el río Pichileufú y varios parajes de campo para terminar en Villa Llanquín. No sólo las altas planicies de la Puna o los cerros de Jujuy poseen caminos que no aparecen en ningún mapa. Bariloche los tiene y éste es uno de ellos. Sin carteles viales y con una interminable sucesión de tranqueras una vez que se abandona la ruta nacional.

COMARCA TEHUELCHE. “Estamos entrando en territorio tehuelche.” Esparcidos en la estepa hay cuevas con grabados rupestres que testimonian la presencia de culturas prehistóricas, incluso manos como en el río Pinturas de Santa Cruz. “Hay una caverna en donde los nativos hicieron una tomas para subir- vos usás los mismos agarres que hace 3.000 años” cuenta Marcelo. También hay rastros de otros episodios de la historia norpatagónica. “Hace un tiempo alguien encontró un sable que sería de la campaña del desierto”. Casi coincidentemente con la Ruta 23 corre la traza del ferrocarril. En la actualidad la recorre una formación histórica hasta Perito Moreno y un servicio de pasajeros entre Viedma y Bariloche. Si se sigue más al oriente uno va a dar directamente con la meseta de Somuncurá. “La meseta era en realidad una isla cuando la Patagonia era océano! Por eso en esta zona es habitual hallar restos fósiles marinos, como amonites o caracoles.” El viento es penetrante y las bicis -cuando el camino toma determinada orientación- encuentran cierta resistencia en las trepadas. “Ahora viene la cuesta hasta asomarnos al valle del río Pichi Leufú” advierte Gustavo, otro guía de Bike Way. “¡Cuidado con las ráfagas!”. Mientras nos vamos acercando al río, a algunos el paisaje nos recuerda las formaciones en torre asomando de conos serranos del Monument Valley en América del Norte.
“Acá el viento es a veces terrible .” Nos cuenta Marcelo que en una oportunidad, conduciendo en coche por la 23, las sombras de las nubes se les adelantaban. “¡Y eso que nosotros íbamos a 80 kilómetros por hora!”. Antes de dejar la 23 ingresamos en una cueva próxima del camino, enmarcada por riscos pedregosos. Observamos el deterioro de los grabados y quedamos admirados con las dimensiones del lugar "Como esta es una zona lanar, a veces los pobladores guardan sus ovejas en el interior de las cuevas -señala Croce, para protegerlas de alguna nevada intensa. Si te digo que hay una en la que entran 200 animales no lo creerías, ¡pero es así!"
Giramos al Norte dejando el camino principal. “No sé si podremos pasar, se acumula bastante nieve arriba.” Debemos ascender bastante fuerte; y el altímetro va poco a poco incrementando el registro. “Superarnos los 1.100 metros”, comenta uno de los ciclistas.

NEVADAS ORIENTALES. “Acá lo peor son la, nevadas que vienen del Este, muy poco frecuentes. Pero acumulan mucho más nieve que las típicas tormentas de la cordillera” anota Marcelo. Sin embargo, el pasadizo que esta vez se preveía en mal estado para la camioneta de asistencia, es afrontado con buen volante. Nuevos parajes se fueron sucediendo. Gente de a caballo, corrales y mucho pastizal. “Esto es Pichi Leufú Abajo”. Nos indican sin que nos detengamos antes de una fuerte subida por la que nos alejaremos un tiempo del río. “Y esta otra es la escuela 98, Pichi Leufú Arriba”, veinte minutos más tarde. De pronto nos asombramos con una cooperativa, cuya capilla tiene unos bancos de oración "tapizados" con cueros de oveja. Más adelante, tras vadear por última vez el río Pichi Leufú por un impecable puente de madera, nos topamos con un antiguo cementerio. Hay indicios de entierros centenarios. Cuando los viajes de Marcelo Croce son más prolongados, el equipo sale a veces con un school bus adaptado como casa rodante. Allí adentro se puede dormir en cuchetas y cocinar. “Una vez viajamos con unos españoles, estaban de lujo. En medio de la estepa se aparecieron con pijamas, y ni que les hablaran de ir al Llao Llao.”
Con sutileza, poco a poco, la ruta se va transforma en un camino vecinal Hay que abrir más de una tranquera y repetir el saludo a los vecinos que se asoman a ver qué extraños están ingresando en la solitaria estepa. “Nosotros acá hemos estado con todos los climas. Con un calor seco que te calcinaba, en pleno verano, sin brisa o congelándonos de frío.” Después del mediodía, en este domingo de julio previo a la primer nevada fuerte en los centros de esquí, Bariloche es una realidad cada vez más lejana. Será porque la inmensidad vacía nos invade y nos llena: ese es el poder de la estepa patagónica.

UNA BALSA DE ANTAÑO. En la bajada final hacia la maroma en el río Limay todos nos subimos a la camioneta. No podemos llegar demorados al cruce de la balsa, dependiente de Vialidad, que cumple un horario estricto. Marcelo Croce aprovecha la ocasión para contarnos cómo fue que inició sus travesías de mountain bike por la Patagonia, a las que se suman regularmente ingleses, españoles, italianos y gente de otras nacionalidades. Antes del descenso al río Limay debemos pedalear en una zona muy fría, expuesta a los vientos y con nieve acumulada; es casi como una pequeña Siberia dada la baja sensación térmica. Ahí comienza el caracol hacia el Valle Encantado, donde recuperaremos el calor. La balsa, realmente atractiva, funciona en Villa Llanquín, un pueblo con escuela hogar y algunas calles.
Este es el fin de una travesía reveladora. Un regreso diferente a todos los que hemos hecho a Bariloche, luego de una gran aventura por naturaleza.

Nota gentileza de la Revista Aventura.